
Siempre me han recomendado una rinoplastia, pero no sé, nunca he estado muy segura… y no acabé de decidirme.
Dicen que los rasgos marcados otorgan personalidad al rostro, aunque me llevó mucho tiempo poder escuchar esta frase sin ruborizarme, además de tener que morderme la lengua en infinidad de ocasiones hasta casi llegar a envenenarme. Que fácil es opinar así cuando no convives con un apéndice al que te ves obligada a compensar con peinados y birretes tras largos años de estudios de las leyes de la proporción áurea, sólo para conseguir equilibrar mínimamente tu perfil.
Pensarán que soy una superficial y tal vez lo sea, pero quiero transmitirles desde la seriedad más profunda que es sólo una cuestión de equilibrio interior, de alcanzar una cierta compensación que te permita un andar airoso, un cierto garbo, pues si el peso no está bien distribuido avanzas tan oscilante y dubitativa como
el péndulo que intenta averiguar dónde se halla
la cosa. Y ahora traduzcan esto a la inmensa fragilidad de la vida interior que todos intentamos disimular de una manera u otra, por lo que debido a esos andares siempre me he sentido tan expuesta como
un libro abierto...
Consulté a peluqueros y a psicólogos, pasé incluso algunos meses intentando el
método Alexander para regodeo del especialista elegido, quien se enfrentaba a un reto del que estaba seguro de salir airoso pero del que ambos terminamos por cansarnos.
La cirugía no era la solución, no se trataba de ser otra sino de conseguir ser yo misma sin esa propensión a la caída perpendicular a la que tiende mi apéndice olfativo. Luego vino la larguísima trenza posterior que inventé para compensar al primero y que requiere de tanto tiempo y de tantos cuidados, además del inmenso gasto en costosos afeites.
Durante años me refugié en los bosques, donde las perplejas miradas de las bestias no parecían inquirir sobre mi curioso aspecto sino que más bien remitían a mi especie, por lo que paradójicamente no me concernían especialmente. Estaba harta de dar la nota, de sentir que desafinaba de entrada. Cuántas horas dedicadas a cansinos ejercicios de voz que me permitieran no chirriar, modular amablemente, aspirar los pequeños gallos simbólicos que siempre me ha producido el estupor de esas miradas incrédulas y compasivas de las personas que aun no se han familiarizado con mi aspecto.
Bueno no quiero aburrirles con mis cuitas, tan sólo comunicarles que he descartado seguir ningún tratamiento más que intente suavizar mis acentuados rasgos. He acabado por divertirme con las des-mesuras y los peinados, además de encontrar a un fantástico proveedor de capelos cuya fantasía e impecable ejecución no dejan de admirarme.
Finalmente a mi edad las mujeres se vuelven invisibles, no? Y no hay duda de que si sigo así esto no llegará a suceder nunca, o si acaece se cumplirá el sueño de mi vida.
Foto: 3a, cincuentona, figura tallada en madera y pintada por Javier Krauel