20 de octubre de 2013

La marquesa de Sade



Àngels Bassas y Andrea Montero en "La marquesa de Sade" de Yukio Mishima

Autor invitado: Alfonso Alzamora

Han pasado apenas doce horas de la representación y desde luego no he tenido tiempo de asimilar tanta información, la obra de Mishima es de una densidad considerable. Sergi Mateu, sentado a mi izquierda, me dijo al acabar la función, con las manos aún calientes de aplaudir, “Qué obra tan difícil de dirigir!”. Entendí “digerir” y asentí muy convencido, luego añadió que eran estilos interpretativos muy diferentes y que era un milagro que todos trabajaran en la misma dirección, entonces comprendí lo que había querido decir y también estuve de acuerdo.

Me hubiera gustado que el cuadro del fondo del escenario fuera la Menina Rojo Rothko del cartel, en lugar de un mural un poco confuso que luego supe que era un paisaje. Creo que hubiera actuado como un espejo en el que la marquesa de Sade podría contemplar su alma desnuda, liberada de otros atributos. O, mejor aún, un lienzo de las mismas proporciones con un Rojo Rothko sin más anécdota que el propio color, su calidad y textura estarían sin duda a la altura de la calidad y textura de la interpretación, arropándola y protegiéndose mutuamente.

Menina Rojo Rothko

A Teresa y a mí nos emocionó el diálogo que mantuvieron recién acabada la función, en el exterior del teatro, Mercè Managuerra – actriz, directora del Teatre Akadèmia y profesora de buena parte del elenco de la obra – y la marquesa de Sade (aún no nos habían presentado a Agnès Romeu). Analizaron su interpretación, tan reciente, declamando algunas partes del texto, en un afortunado bis que tuvieron la gentileza de regalarnos. Hacía un minuto que Madame de Saint-Fond nos había brindado también un extra; pasamos a su lado y la felicitamos, yo alargué la mano y rocé la suya en un gesto de agradecimiento, pero estaba hablando con alguien; ya nos alejábamos cuando se dio cuenta y desde una distancia de tres o cuatro metros nos dijo “gracias” sin articular palabra, con la mirada y con el cuerpo, como una prolongación de lo que acabábamos de ver en la sala. Fue tan expresiva que me pareció ver detrás suyo a Charlotte, de pie con las manos enlazadas reposando en el regazo, sobre la falda negra, aportando algo significativo con su presencia silenciosa y solemne. Sin duda, ella fue lo mejor de la escenografía.

El ultimo monólogo de la marquesa es conmovedor. Negándose a recibir a su marido, recién salido de la cárcel, le cierra las puertas al cambio que propone nada menos que la Revolución Francesa. Se sentía más cómoda en el papel de transgresora en el ancien régime que de protagonista destacada del nuevo, mientras la madre se adapta a la nueva situación con este talento descomunal que tienen todas las madres para asimilar los cambios y de este modo proteger a la familia. Me recordó la última escena de La lengua de las mariposas, con la madre increpando al viejo profesor caído en desgracia con lágrimas en los ojos, mientras el niño se suma a la agitación general y corre detrás del carro que lleva a los nuevos detenidos lanzándoles piedras.


Ahí están las claves de la modernidad y de la oportunidad de esta obra. Los que vivimos el cambio profundo del franquismo a la democracia lo sabemos bien. Más de uno hubiera querido retirarse a un convento para no ver la parodia en la que se ha convertido la palabra democracia.

Alfonso Alzamora


19 de septiembre de 2013

ausencia


díptico de María Alzamora

Amanecen luminosas y ventadas las dos mañanas del aniversario de vuestra ausencia.
Ayer sentí un desasosiego sordo hasta que reparé en la fecha. Hoy persiste la atmósfera de tristeza.
Os recuerdo tanto hermanos...
Aunque han pasado quince años no acabo de acostumbrarme a vuestra desaparición, o sí, qué remedio. Sin embargo aun deseo compartir con vosotros tantas cosas y no dejo de echar en falta ese amparo que me daba tanta fuerza.
Septiembre ya no es lo mismo, y aunque me resisto a que deje de ser mi mes favorito por sus luces y sus cielos, lleva tiempo impregnado de tristeza.

31 de agosto de 2013

From Galway to Glendalough





Arrecia la lluvia, acompañada no de uno sino de dos inmensos arco iris
La prisa nos empuja pero la escena nos atrapa


Atrás dejamos las últimas luces de la tarde
Conducir por la izquierda, decidir rutas, consultar mapas, fotografiar tan ínsolito paisaje…
Nos han pedido que lleguemos antes de las diez
Pero también que no corramos, que seamos cautas
Vamos a Glendalough, valle de los dos lagos
Custodiado por su inmensa torre de piedra
Y por sus bosques húmedos, mágicamente poblados




Fotografías María Alzamora


9 de junio de 2013

de nombres, arañas y limacos





Tras las persistentes lluvias de Mayo, pululan por el patio familias enteras de caracoles. Les veo ascender por la pared haciendo aparente honor a su fama, es decir, muy lentamente. Pero luego examinas la mata de perejil o, mejor dicho, lo que queda de ella, y comprendes que aunque son lentos para algunas cosas otras las realizan a velocidad de vértigo. Apenas queda algún tallo.  
La cuestión es que no puedo verlos sin pensar en Rafa, a quien entre otros muchos asuntos le interesaba el jardín. Cuando se trasladó al campo se pasaba el día preparando esquejes y planteles. 
Cuando sólo tenía una terraza y venía a visitarnos, me escuchaba quejarme de la voracidad de los conchados y sonreía cuando me oía decir que iba a adquirir todo tipo de venenos para deshacerme de ellos. 

- Voy a comprar veneno para limacos - decía yo llenándome la boca con la última palabra, pues me parecía que expresaba bien la ferocidad/voracidad de esas bestias.

R. conocía mi afición a bautizar a las arañas que encontraba en algún rincón de casa -no es que fuera sucia, es que en las casas de piedra viejas, cuando limpias una telaraña, su propietaria se afana en reconstruirla rápidamente. Por eso, más allá de seguir dándoles trabajo, siempre acababa bautizándolas; recuerdo a una de largas patas y botoncito central, a la que llamé Herminia y que vivió varios años en casa-.  

R. me aconsejo seriamente no cristianar a los caracoles.

- Comprende que no es lo mismo poner veneno para erradicar a unos cuantos que envenenar, pongamos por caso, a Anacleto. Una vez nombrado no podrás hacer nada, sería asesinato. Yo de ti no lo haría- declaró R.

Como es difícil renunciar a algunos vicios,  a  uno de los caracoles que he visto hoy no he podido resistirme a llamarle Verónico. No había oído nunca este nombre, pero lo he visto escrito esta mañana en el pie de foto de un diario y, para un caracol, me ha parecido un apelativo estupendo. 

Habrá que seguir cultivando perejil, pues he notado que actualmente en el patio es lo único que devoran.


29 de mayo de 2013

Llegar al silencio




Buscando información sobre la obra de Antoni Tàpies, "White with foot prints" de 1964, descubro un Periódico de Exposiciones del Ministerio de Cultura de mayo de 1980, publicado con motivo de una exposición antológica del artista. En él reencuentro parte del texto de José Angel Valente incluido en "Comunicación sobre el muro", ilustrado precisamente por el cuadro que me interesa.
Parece que el azar me lleva una y otra vez al texto de Valente, habrá que hacerle caso y releerlo de nuevo. 

"Un día traté de llegar directamente al silencio", dice Tàpies.

Valente responde: "Mucha poesía ha sentido la tentación del silencio. Porque el poema tiende por naturaleza al silencio. O lo contiene como natural. Poética: arte de la composición del silencio. Un poema no existe si no se oye, antes que su palabra, su silencio".

La fotografía de la publicación no le hace demasiada justicia al cuadro, aunque esto siempre es difícil. La materia sobre la que ha pisado el artista es una arena entre blanca y ocre pero de color impreciso. Frente a la obra, la presencia de estas huellas rotundas te sumerge entre dos aguas...

El periódico incluye además otros textos de Julio Cortazar, Rafael Alberti, Octavio Paz, Arnau Puig, José María Valverde, Corredor-Matheos, María Manent, Jacques Dupin, Pere Gimferrer, Carl Vogel y Joan Brossa, todos ellos dedicados a Tàpies. La verdad es que no tienen desperdicio.

Transcribo aquí uno de los dos que le escribe Rafael Alberti al artista :

"Desde sus ojos y cabeza de pájaro de altura, Antoni Tàpies cae sobre las presas que descubre para torturarlas, machacarlas y fijarlas, haciéndolas tangibles para siempre.
Ahora caigo en la cuenta que desde niño anduve pisoteando Tapies por barrizales y terrenos baldíos, tocándolos, añadiéndoles rayos y arañazos por paredes y muros callejeros, agarrándolos y destrozándome los dedos entre los goznes y astillas de las puertas, tensando cuerdas, retorciendo alambres o hacinando trapajos y residuos confusos por las terrazas y los lavaderos.
Grave, dramática ave extraña, visionaria de lo real, cuyo canto escuchamos con los ojos, materializado en una irresistible presencia con la que se tiene que chocar, dándose totalmente contra ella sin remedio.
Para ti, Antoni Tàpies, desde Roma, este saludo en negro y gris con rojo."

Roma, enero de 1978. Del libro "Fustigada luz", de Rafael Alberti. Seix Barral Biblioteca Breve. Barcelona, 1980.


5 de marzo de 2013

La modista cuentista


Montserrat,  menuda y regordeta, ayudaba a mi madre a tejer y destejer vestidos y ropajes. Venía a casa los jueves por la tarde y solía contarnos a mis hermanos y a mí las deliciosas aventuras del “Carbonilla”  mientras se inclinaba encorvada, con las gafas en la punta de la nariz, vigilando atentamente el devenir de la máquina de coser y dándole al mismo tiempo al pedal. Sus historias eran emocionantes y divertidas y nos tenían a los tres en vilo durante un buen rato.  No recuerdo bien  los argumentos en los que enredaba a su criatura,  pero sí la sensación de que esos lapsos eran como una burbuja en la que sucedían cosas extraordinarias. Montserrat, con sus brillantes ojitos tras los lentes,  nunca perdía de vista el recorrido veloz de la aguja, y recuerdo la impresión y extrañeza que me producía el hecho de que consiguiera hablar fluidamente, sin clavarse el alfiler que siempre sostenía entre los labios.


11 de febrero de 2013

Magnífica Jeannine



Jeannine Mestre y Carmen Conesa  en "La loba".  /  Foto David Ruano/Paco Amate

Autor invitado al blog: Alfonso Alzamora

El sábado El País publicó un magnífico artículo de Juan Cruz titulado El arte de escribir, dedicado a un libro de Tom Hiney sobre Raymond Chandler que lleva este mismo título. El autor, en realidad, no es más que un recopilador de textos periodísticos y literarios del creador de Marlowe. Él mismo se encarga de resaltarlo. Hacia el final del artículo una frase me llama la atención: "El hombre es más noble que su suerte". Viene precedida de una reflexión sobre la poesía y la muerte; debidamente contextualizada su impacto es mucho mayor.

El domingo por la mañana asistimos a un funeral en Barcelona, una madre anciana, después de una larga y penosa enfermedad, deja a tres hijos y dos nietos. Dos hombres y una mujer, un chico y una chica. Por la tarde, a las siete, en el Teatre Auditori de Cornellá de Llobregat, Jeaninne Mestre nos invita a la última representación de La loba, una adaptación de la obra de Lillian Hellman. La dramaturga fue pareja sentimental de Dashiell Hammet, par de Chandler en lo que a la invención de la novela negra se refiere.

Antes de empezar la función recuerdo una película que narra la relación de la pareja literaria Hammett-Hellman; recuerdo una escena en la que ella le entrega un manuscrito y espera, muy nerviosa, que él acabe su lectura para saber su opinión. El veredicto no es, sin embargo, laudatorio. "¡Puedes hacerlo mucho mejor!" Chandler y Hammett compartían su preferencia por la sobriedad en el lenguaje, liberándolo de florituras inútiles que sólo adornan el jardín, pero no lo definen. Sobran adjetivos, sobre todo los calificativos, la acción y el movimiento no los necesitan para fluir de un punto a otro de la historia.

En el escenario aparecen tres hermanos y dos hijos. Una mujer y dos hombres, un chico y una chica. Y Jeaninne, la esposa de uno de los hermanos. Y una criada que parece que no está, pero vaya si está. Una historia de ambiciones, de unión fraternal alentada por la codicia y de destrucción familiar por el mismo motivo; pero también es la historia de una civilización donde siempre ganan los más brutos: los poderosos sin escrúpulos para los que la dignidad de los otros -negros, obreros o rivales comerciales- tiene un precio escandalosamente bajo. Mencionan la corrupción y pienso en la que está cayendo ahora mismo. El hermano de mayor graduación dice que los de su condición dominarán América y pienso en Bush y en Cheeney. Nuria Espert interpreta a la hermana mayor, que arrastra su infelicidad en una huida hacia adelante desesperada e inútil, porque la insaciabilidad la corroe por dentro, lentamente, inexorablemente (sobra uno, lo sé, Dashiell Hammett reprobaría esta reiteración innecesaria). Su marido, que aparece a media función, muere en el intento de frenarlos a todos y su hija es incapaz de evitarlo.

Hay una personita cándida, infeliz, que revolotea por el escenario diciendo grandes verdades con la boca pequeña, a veces cantando, a veces tatareando tan sólo una melodía, finalmente bebiendo para vomitar toda su verdad, que es la nuestra: la de los perdedores. Sólo tiene un arma para defenderse del poderoso clan fraternal que la somete hasta la humillación: la verdad, y sabe que no es un arma poderosa.Pero es hermosa.

Hay enciclopedias filosóficas que no necesitan otra cosa que el título. La banalidad del mal, de Hanna Arendt, define muy bien a los tres hermanos y La razón poética, de María Zambrano, la del personaje interpretado por Jeaninne.

"El hombre es más noble que su suerte" nos explica a todos, buenos y malos, déjadme decir que un poco más a los buenos que a los ruines.

Alfonso Alzamora


Nota del editor: pensamos que la participación de otros autores tal vez consiga estimular la redinamización (¡qué espanto de palabra!) de este espacio

10 de octubre de 2012

Rosas de otoño




En el jardín las rosas de otoño son escasas, por lo que celebro cada ramo y lo apuro mientras puedo, recomponiéndolo con mimo a medida que pasan los días. En éste se han colado una dalia apasionada y unas aromáticas hojas de María Luisa.  Las flores tienen la virtud de embellecer y alegrar el ánimo cuando anda alicaído, algo así como si te reconciliaran un poco con el mundo y también contigo misma; preciada labor, silenciosa y esencial

Hablando de esencias, es curioso que los rosales modernos no huelan a nada, absolutamente a nada, eso sí sus flores son pura apariencia, erguidas y con un porte que hace palidecer al resto. Están hechas sólo para la vista. Se sostienen en cualquier jarrón prácticamente solas y casi diría que desafiantes, mientras que las rosas de rosal antiguo necesitan compañía, sea de su misma especie o de alguna otra que les ayude a mantenerse erguidas mientras desprenden el  sutil aroma que hoy me acompaña en mi mesa de trabajo.

¿A quién diablos se le ocurrió intentar perfeccionarlas haciéndoles perder lo esencial? Seguro que hoy en día tal y como andan las cosas le darían algún premio.



dalia-ameba apasionada


27 de septiembre de 2012

El hombre del sombrero




No siempre están las palabras para decirlo, no siempre las trae la brisa para poderlas usar.
Navegan por extraños mares, a veces remontan como peces agotados turbulentas corrientes y otras en cambio, cuando menos las esperas, sencillas, danzarinas e impredecibles acuden a iluminar recodos que suele costar nombrar.
La otra noche hablé con mi padre. 

Amable, charmant, buen conversador, silencioso, reservado, sencillo, elegante, sensible, mordaz, inseguro, vividor, apasionado, serio, dotado de gran sentido de humor, poco político... en fin, siempre fue un hombre muy contradictorio.

Le gustaban el jazz , Milán, la pintura, la escultura, los libros, las mujeres y los perros (aunque no forzosamente en este orden) y sobretodo vivir tranquilo, a su aire y en paz. Tal vez por ello siempre respetó nuestras diversas maneras de ser y por lo menos a mí nunca me inquietaron sus largos silencios, aunque a veces me molestara la brevedad de sus respuestas cuando le preguntaba sobre episodios familiares de generaciones anteriores. Siempre pensé que su resistencia a remontarse al pasado se debía al fallecimiento de su padre cuando sólo era un niño.  

La enfermedad fue larga y dura y sólo le escuché quejarse el día en que partió. 

Ahora los recuerdos se atropellan los unos a los otros y una inmensa tristeza tiñe las horas.
¡Ciao, carissimo! 


Foto de la serie Diàlegs de Joan Pla, expuesta en la Fundación Vilacasas de Torruella de Montgrí.

30 de septiembre de 2011

De verduras y hortalizas




Una vez cortada prometía mucho, pues la gama de verdes del calabacín y el ligero aroma que exudaba despertaban los sentidos. De redonda su aspecto no auspiciaba tanto, una tortilla tostada, como tantas otras. La cata estuvo absolutamente a la altura, en su punto, crujiente y sabrosa.

La huerta propia ofrece estos suculentos regalos a los que una buena anfitriona como M. sabe sacar partido, para alegría de sus invitados. Pese a que dice que no le gusta cocinar o que no sabe, en su casa siempre reinan los olores y se escuchan ebulliciones que acaban siendo custodiadas por los gatos, pues ella siempre está en otra parte. Bien con las tijeras de podar repasando tallos o revisando el huerto y los frutales. Para alguien que siempre se ha dedicado a otras cosas, muestra mucho esfuerzo y empeño en que toda la producción esté en condiciones, y la finca no es pequeña.

De segundo M. nos dio coca de verduras, y de postre manzanas al horno con nata montada. Una comida gloriosa.